HABLANDO DE CINE
 
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Escrito por Gilda Yuriko Cruz Terrazas   
Viernes, 10 de Febrero de 2012 00:55

 

PORQUE SUEÑO... SUEÑO
Por: Gilda Yuriko Cruz Terrazas


¿Qué es la locura? ¿un desequilibrio mental, una percepción “diferente” de la realidad o un lugar abstracto donde nos abandonamos a nuestros sueños cuando las circunstancias que nos rodean asfixia tanto como la razón? O quizá sea un camino para reinventarse, para transformarse y escapar de un destino marcado.

 

Recuerdo que cuando vi Leolo, segundo y último largometraje del canadiense Jean Claude Lauzon, me dejó una sensación tan perturbadora que me quedé tratando de descifrar si la locura no es sólo una forma de reinventar y transformar destinos marcados. Obviamente nunca encontré la respuesta.

Leolo es la historia de un niño que para abstraerse de una cotidianidad tan insulsa como peligrosa, se refugia en la lectura de un libro no sabe cómo llegó a su casa. Y aunque en principio no comprende nada de lo que lee, después esas letras y lo vivido irán tomando sentido para él.

“No intento recordar las cosas que suceden en los libros. Lo único que le pido a un libro es que me inspire energía y valor, que me diga que hay más vida de la que puedo abarcar, que me recuerde la urgencia de actuar”, escribe Leolo.

¿Y actuar sobre qué o para qué?

No ignora que por su sangre navega el maldito gen de la locura heredado por su abuelo materno. Por ello se sumerge en su propio mundo libre de su abuelo y de la crueldad de sus circunstancias: un padre obsesionado por las heces fecales y del cual reniega un poco, “dicen que es mi padre, pero yo sé que no, porque este hombre está loco, y yo no”; un hermano corpulento de grandes bíceps pero tonto e infantil, dos hermanas que –alcanzadas por la demencia-, están condenadas a vivir en un hospital psiquiátrico cuando la demencia las alcanzó… el segundo hogar de Leolo de tanto ir y venir con su madre cuando van a visitarlos.


Y es precisamente su madre por la que Leolo puede sobrevivir en aquella casa de locos y a la que describe como un gran barco navegando por un océano enfermo. “Me gustaba que me abrazara entre sus grasas, el olor de su sudor me tranquilizaba”.

Después lo sostendrá su musa, Bianca, su Italia, su primer amor, su único amor.

Y como si Lauzon quisiera jugar también con nuestra razón, aparece el Domador de versos. ¿Quién es él? ¿Un simple viejo recolector de basura? ¿La semilla para que Leolo re-descubre su imaginación a través de un libro? ¿su salvador? O el simple espectador de la historia que únicamente vive en los versos, en las palabras, en los libros que resguarda como un tesoro.

La locura hecha poesía. Esa es la descripción de aquellos a quienes la película nos ha tocado el alma. Y cómo no hacerlo si imágenes, olores, sonidos (desde la música de The Rolling Stones a los cantos budistas) y el guión, se confabulan más allá de lo simbólico para presentarnos la historia de aquel que se niega a la locura.


“Porque sueño yo no lo estoy, porque sueño, sueño. Porque me abandono por las noches a mis sueños antes de que me deje el día. Porque no amo. Porque me asusta amar. Ya no sueño…ya no sueño”.

Se dice que en Leolo, Jean Claude Lauzon purgó sus más grandes temores. Nacido el 29 de septiembre de 1953 en Montreal, el cineasta fue hijo de proletarios que apenas conocían los libros, y que en su casa, al igual que su joven protagonista, sólo había uno.

Cuenta la leyenda que uno de sus profesores, André Petrowsky (a quien dedicó la película) lo fue conduciendo por el camino de las letras hasta que ingresó a la universidad. En 1995, Jean Claude Lauzon murió en un accidente de avioneta junto a su novia, cinco años después de realizar Leolo.

Pero más allá de los datos autobiográficos que pudiera presentar el filme, se encuentran los versos del libro El valle de los avasallados, del también canadiense Réjean Ducharme, y donde se halla la esencia psicótica de Leolo, que, a través del horror y la fascinación, nos permite sentirla en la piel.

“A ti la dama, la audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú, que atormentas mis noches cuando no sé qué camino de mi vida tomar, te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño sólo me quedan las cenizas de la mentira que tú misma me habías obligado a oír. Y la blanca plenitud, no era como el viejo interludio y sí una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí y no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad. E iré a descansar, con la cabeza entre dos palabras, en el valle de los avasallados”.

 

FIN

 

 
 





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