LUCHADOR
 
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Escrito por Saúl Arellano Montoro   
Lunes, 16 de Marzo de 2009 01:13

 

 

LUCHADOR: LA DECADENCIA NUESTRA DE CADA DÍA

Una vez más, el director Darren Aronofsky nos abre la puerta de un armario que la sociedad estadounidense trata por todos los medios de tener oculta: La decadencia.

 

 

En México estamos muy acostumbrados al tema de la lucha libre; está en nuestra sociedad desde principios del siglo XX y se popularizó a mediados del mismo. Los tejes-manejes de la misma son un secreto a voces que no limita el inmenso placer y catarsis de los miles de aficionados que semana tras semana atiborran las diferentes arenas de todo el país.

 

Sin embargo, siendo este uno de los muchos giros de la historia, no deja de sorprendernos cuando un director decide recorrer el camino de la denuncia – insustancial pero denuncia al cabo – al sacar a flote los vicios del circo controlado que resulta ser la lucha libre en los Estados Unidos… Y el mundo en general. Y Aronofsky lo hace bien.

 

Pero esto no es más que el gancho porque no es la meta de la película. De lo que en un principio nos presenta Aronofsky como una denuncia va transformándose en lo que verdaderamente busca mostrarnos: La decadencia en todos sus niveles evidentes y sutiles.

 

 

Porque esto es lo que Aronofsky nos quiere contar: el estado cada vez más en declive en lo que lo único que importa es mantener a la sociedad entretenida a cualquier modo; sea humillante o violento; es igual.

 

Ubicada en una región abierta a cualquier lugar de los Estados Unidos en donde la comunidad es apática de lo que sucede alrededor de los demás; en salones de baile o convenciones transformados en cuadriláteros de lucha libre alejados de la espectacularidad de la WWE o la Triple A mexicana; en salones en donde se reunen viejas leyendas de la lucha libre para ganarse unos dólares de reconocimiento o la gloria de una foto con los fanáticos del pasado a los que no les importa lo patético del paso arrollador del tiempo y sus consecuencias; o en calles frías transitadas por camionetas que transitan por la nieve acumulada en las orillas. Un lugar tan frío como el mismo desencanto de una época pasada que negamos abandonar.

 

 

Comenzando con el ocaso de una de las viejas glorias de la década de los 80: Randy “The Ram” Robinson que se niega a abandonar la lucha por el simple hecho de que nació para ella y seguirá luchando hasta que su cuerpo lo permita por sobre el tiempo, los aficionados y los promotores que al final, son los que mantienen vivo el espectáculo a la manera de las viejas ferias ambulantes del siglo XIX. En medio de esto, “The Ram” sobrevive con lo poco que gana en las presentaciones más los trabajos esporádicos en el súper mercado de su localidad. Maneja una camioneta de hace más de 15 años y viste con ropa remendada fuera del ring ya que su uniforme de lucha esta siempre impecable y dispuesto. Acepta todo contrato de lucha que le es ofrecido y presentaciones o convenciones en donde pueda recibir unos dólares gracias a su fama.

 

 

Por otro lado, está la decadencia de la sociedad que, a la usanza de los antiguos romanos en el coliseo, pierden todo rastro de humanidad al estar atrapados en la vorágine de violencia con tal de presenciar un buen espectáculo. Espectáculo en el que los luchadores están atrapados en las manos de los promotores que buscan modos cada vez más sanguinarios de mantener a la gente interesada en el también decadente espectáculo.

 

 

En medio de todo esto, “The Ram” cuenta con la amistad de una desnudista llamada Cassidy que no es más que otra victima de un público hambriento de el otro gran generador de entretenimiento social: El sexo. Y que, al igual que en la lucha libre, no perdona el paso del tiempo. Una mujer en plenitud de sus facultades y estado físico que va quedando relegada noche tras noche a presentarse en el escenario pero que al momento de ganar algo de dinero con los bailes privados, es hecha a un lado debido a su edad.

 

 

Esto podría resultar en el encuentro de dos almas similares; sin embargo, el magnífico oficio de Aronofsky da una bofetada de realidad al espectador que nos obliga a recordar que es una película que habla de la decadencia. Lo mismo sucede con el encuentro de “Ram” en la que por momentos pareciera que – asustando a los asistentes a la función - Aronofsky cae en el cliché sentimental pero que sólo fue un guiño en la trama porque nos regresa a su estupendo oficio para darnos también, el desenlace natural de esa relación.

 

 

Una película triste y desoladora en la que la ternura del personaje de RAM como el eterno luchador de la vida que sea cual fuere el oficio que desarrolle, siempre estará dando lo unico que sabe dar: Lo mejor de si mismo y literalmente; morir en la raya. Una película narrada de una forma que no da concesiones. Implacable, añorante y cruda.

 

 

Una película que no debe dejar de verse.

 

 
 




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