
BLOW-UP: A 4 AÑOS DE LA MUERTE DE MICHELANGELO ANTONIONI Por: Gilda Yuriko Cruz Terrazas
Ordenando (si es que se puede hacer) mis archivos y demás material que aún conservo de mis años de estudiante en la Universidad, me quedé contemplando unas imágenes que realicé durante el trimestre de Fotografía, y recordé lo que mi profesor decía sobre la perspectiva y cómo ésta podría cambiar el significado de las imágenes e incluso de algunas situaciones. En resumen: No todo lo que vemos, es lo que realmente es y viceversa.
En ese momento vino a mi mente Blow-up, película de 1967 dirigida por Michelangelo Antonioni y recordé que el 30 de julio cumple 4 años de su muerte, motivo que me impulsó a hablar en esta ocasión de esa cinta.

Si bien es cierto que el realizador italiano se convirtió en cronista de temas de incomunicación y alienación que se vivía en la etapa de industrialización en su país natal -mismas que reflejó en su famosa tetralogía con La Aventura (1960), La noche (1961), El Eclipse (1962) y Desierto Rojo (1964)- en Blow-up se aleja un poco de esos temas y demostró que la percepción de la realidad es tan ambigûa como ilusoria.
La trama está ambientada en la década de los 60 y gira en torno a un excéntrico fotógrafo de modas que vive en Londres. Frívolo y despreocupado, el protagonista deambula por la calles en busca de imágenes interesantes que pueda retratar.

Durante un paseo por el parque, una pareja llama su atención y los sigue por el lugar mientras los va captando la lente de su cámara, sin embargo, al verse descubiertos, la mujer le reclama e intenta recuperar el rollo sin éxito alguno. De regreso a casa, el fotógrafo revela el material y a través de una obsesiva ampliación de cada imagen ("blow-up"), descubre una forma irreconocible que a sus ojos (y a los del espectador) parece ser un cadáver, en ese momento, sospecha que ha descubierto un crimen. 
Si bien es cierto que la película está inspirada en 'Las babas del Diablo', un cuento de Julio Cortázar, 'Blow-up' -que ganó la Palma de Oro en Cannes en 1967, es una pieza cinematográfica con personalidad propia, en la que Antonioni cuestiona la escencia de la representación visual a través de elementos lúdicos para manejar el concepto de realidad.
La primera secuencia nos da un ejemplo de ello: un grupo de jóvenes pintados como mimos viajan en un jeep, mientras al protagonista lo vemos caminar vestido como pordiosero con un paquete bajo el brazo. Poco después, ambos se encuentran y descubrimos que el pordiosero no es tal. Y la última secuencia resulta ser la más importante para descubrir el sentido de la obra en conjunto, pero de ella hablaremos más adelante.
Si en el relato de Cortázar la situación sucede en París, Antonioni eligió Londres por necesidades propias de la historia. De acuerdo al cineasta, un fotógrafo con las características de su personaje no podría existir en otro lado que no fuera el típico Londres de los años 60, donde convergían lo clásico y lo psicodélico de la época; además de contar con elementos habituales en su cine como lo es un cielo gris, colores rojos que se aprecian en la cabina de teléfono donde el fotógrafo se detiene a hablar y edificios de los suburbios que poco tienen que ver con los lugares reconocibles en otras películas filmadas ahí. El escenario ideal que el italiano quiso que contempláramos, para entender el juego de superficialidad que inicia en la primera escena, luego en el estudio del fotógrafo y finalmente en el parque donde ocurrió el aparente homicidio.

Por otra parte se encuentra la mirada del protagonista. Thomas (su nombre nunca se pronuncia y sólo sabemos que se llama así por los créditos) parece estar satisfecho con su estilo de vida, rodeado de bellas mujeres habituadas como él, al sexo casual, frío y sin inhibiciones que, a raíz de su descubrimiento en el parque, descubre formas insospechadas de la realidad. La cámara ha captado lo que escapó a la simple mirada de un fotógrafo y es entonces que lo real empieza a confundirse con la ilusión. ¿Será posible que las imágenes muestren un cadáver?

Las trampas de la mirada que plantea Antonioni se revelan en la secuencia final, donde aparecen de nuevo los jóvenes mimos en su jeep. Mientras el protagonista camina por el parque pensando qué fue lo que pasó, qué realmente fue lo que miró y captó su cámara, los mimos se bajan del automóvil e inician un largo partido de tenis imaginario. Una secuencia que dura más de 4 minutos donde la cámara se convierte en otro cómplice de este juego irreal, acompañando en sus movimientos el giro de la pelota de un lado a otro en la cancha de tenis.
El juego de la "perspectiva de la realidad" se ha hecho presente y Antonioni ha creado su propio concepto de representación visual.

FIN |