TEMPLE DE ACERO
 
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Escrito por Saúl Arellano Montoro   
Sábado, 12 de Febrero de 2011 20:10

 

CON TEMPLE DE ACERO TRAS LA CÁMARA
Por: Saúl Arellano Montoro

Después de muchos años de hacer constantes homenajes al género de cine llamado western en casi todas sus películas los hermanos Ethan y Joel Coen deciden por fin dar el paso y filman la nueva versión de un clásico - no solo del género sino del cine mundial – de 1969 (estrenada en México en 1970) del mismo nombre dirigida por Henry Hathaway con John Wayne en el papel protagónico que le hizo ganar el único Oscar en su larga y sumamente productiva carrera.

Siendo la versión original una película - que en su momento resultó irónica e irreverente al género y a la imagen que proyectaba “El Duke” – muy arraigada en la conciencia cinéfila colectiva estadounidense, la iniciativa de los Coen al meterse en el vericueto de hacer una nueva versión parecía más bien una afrenta.

Sin embargo, no fue así.

 

TRAS EL RASTRO DEL WESTERN PERFECTO


El cine de los Coen lleva siempre una carga de alegoría, complejidad, humor inteligente y mucho cinismo. Si a eso le sumamos un guión bien adaptado – dado que el original era ya magnífico – y un manejo de cámara profundo, de altos contrastes y paisajes fotografiados de manera detallada tenemos como resultado una película del género western casi perfecta. Y por desgracia es “casi” porque se deriva de una obra original y siempre habrá una comparación que en muchas ocasiones se verá afectada por la subjetividad del tiempo y las circunstancias.

Haciendo a un lado el hecho de ser una nueva versión, la película se define como un ente individual manufacturado de forma casi artesanal. El manejo de la iconografía del vaquero así como los bellos pero agrestes paisajes invernales de montaña y llanura que participan como un personaje más – cosa que los Coen hacen de forma poética siempre – y la música que acompaña la atmósfera de las secuencias (en lugar de inducirla) logran que esta sea una película pura en el sentido más estricto de género.

Lo que hizo icónico al personaje de “El Gallo” Cogburn, además del parche en el ojo, es la forma en la que se desenvuelve en cada una de las escenas. Es la personalidad que refleja al aparecer a cuadro y desde luego, los diálogos y motivos de acción del personaje. La cámara de Roger Deakins – compañero de mil batallas de los Coen tras el lente – logra captar como en un lienzo toda la esencia del viejo oeste en Cogburn y los lugares por donde pasa. Capta la belleza de un paisaje de manera que pareciese que la luz esperaba la señal de “acción” para mostrarse magnífica ante la cámara así como también, muestra sin concesiones y de forma cruda la pestilencia y rudeza de los lugares, personas y tiempos que corrían en esas fechas.

Y aun cuando muchas de las tomas son filmadas casi como una replica de la original – la secuencia del tiroteo final como un ejemplo – nunca parece ser un robo de colocación y paneo secuencial sino un homenaje fílmico al desarrollo de la escena y sus respectivos personajes.

 

EL TEMPLE COMO ARMA DE LEY


Interpretar al personaje de Reuben “El Gallo” Cogburn fue un gran acierto en la carrera de Jeff Bridges.

Duro pero acertado haberse comprometido a que los cinéfilos olvidasen la interpretación de John Wayne al representar un personaje “propio” sin la influencia del republicano y conservador “Duke”. La caracterización de Cogburn - sin el suavizante protector de imagen de Wayne - que logra Bridges apoyado además en el vestuario, el manejo del acento y las escenografías hacen que la profundidad del personaje sea diferente en cuanto a la complejidad del mismo. Más completo porque aprovecha los recursos que Wayne no tuvo en su momento y no me refiero únicamente a la producción sino a que logro exprimir y adaptarse de forma más armónica al guión.

Y aún cuando hay una separación generacional – y naturalmente de subjetividad - entre ambas películas para bien o para mal, a mi parecer ya se puede hablar de dos interpretaciones igual de magníficas pero diferentes de un mismo personaje que resulta ser un emblema en la mitología del género western.

Hailee Steinfeld en el papel de la joven Mattie Ross resulto ser también un gran acierto. Y que a diferencia de su predecesora Kim Darby, Steinfeld le dio más presencia y credibilidad a la emprendedora y fuerte Mattie Ross. Además que la química que resultó entre Bridges y ella fue entrañable y por lo mismo, sumamente acorde y natural con sus respectivos personajes.

Igual sucede con Matt Damon que logra desarrollar de buena forma y con gran sentido del humor su personaje del Ranger texano LaBoeuf.

Otros dos actores que, pese a lo corto de su aparición, llenan la pantalla al momento de aparecer gracias a sus respectivas interpretaciones son Josh Brolin y Barry Pepper como el escurridizo Tom Chaney y el forajido “Lucky” Ned Pepper.

 

UNA DE VAQUEROS COMO DEBE SER


Como dije en un principio, los Coen han estado usando la iconografía del vaquero en casi todas sus películas – la más recientemente “No Country For Old Men” del 2007 – y no había que esperar mucho para que se atrevieran por fin a ubicarse en la época que tanto rememoran.

TEMPLE DE ACERO cumple con creces todo lo que debe tener una película de vaqueros y además, se da el lujo de incluir poesía y belleza de imagen. Los Coen no sólo se conforman con hacer un homenaje directo a la versión original sino que dan un nuevo aire a un género que los propios estadounidenses han abandonado siendo que es una de los pocos géneros por las que son conocidos en el mundo del cine internacional.

Una película compleja, de actuaciones precisas con personajes entrañables de fácil identificación con el espectador y un guión majestuosamente adaptado a las necesidades actuales de los cinefilos - no sólo de Estados Unidos – amantes del género y del cine en su totalidad.

 

FIN

 

 
 





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