
Por: Miriam Canales
La sala es pequeña, el tiempo: limitado, la oportunidad de tomar fotos: nula; la cantidad de visitantes: excesiva. Tim Burton despierta pasiones por igual entre admiradores, turistas y visitantes fortuitos que se arremolinan afuera del Museo de Arte Moderno de Nueva York, con temperaturas bajo cero y si peor les va, con nieve y lluvia. 
Todos los hijos putativos de este forjador de fantasías infantiles oscuras se encuentran resguardados en una diminuta galería que no da abasto a la enorme cantidad de visitantes, desde Pee Wee Herman hasta Sweeney Todd. Abril es el último mes que estará vigente la exposición que se ha estado presentando desde octubre, por lo que “Alicia en el país de las maravillas” aún no formaba parte de ella. 
Repasar la trayectoria de Burton es comenzar con sus años de niño incomprendido, habitante de un mundo no de caramelo ni edulcorado, sino de sueños sombríos plasmados de inocencia, tal como lo muestra en sus cortometrajes “Vincent” y “Frankenweenie”; de mostrar los bocetos de sus primeros trabajos para posteriormente transmitirlos a la industria del cine. Con los años, el niño Burton se encargó de pariar a personajes como Pee Wee Herman en 1986, a Beetlejuice en 1988, a Edward Scissorhands en 1991 y de transformar la fisonomía del cómic de Batman. 
A través de los ojos de Burton hemos aprendido a apreciar el mundo y el cine de una manera distinta, de mirar el mundo de los adultos con menos malicia y a minimizar los problemas sociales en simples caricaturas. “Hansel y Grethel” no podrían ser menos siniestros y los vampiros, cadáveres y monstruos más dulces y dóciles.

Tuve la oportunidad de conocer a Tim Burton a mediados de 2007 en el festival de cine de Guanajuato, “Expresión en corto”, aquello parecía una fiesta de Halloween donde sus fans eran los invitados principales, disfrazados desde Edaward Scissorhands hasta Jack Skellington. A pesar de estar rodeado de una celosa y absurda cuadrilla de seguridad, Burton no perdió oportunidad de ir de paseo por los panteones guanajuatenses y de visitar a las famosas momias. 
En un acercamiento que tuve con él, estreché su mano y le dije que él había sido una parte importante de mi infancia pero que no me había percatado de ello hasta esa noche en que lo conocí. Serio pero esbozando una sonrisa amable, me dijo, “Thank you very much”. Una noche después ya tenía mi foto a lado suyo, digna de presumirse en Facebook. 
Ya han pasado casi tres años de ese encuentro veraniego, no había más vibra cinematográfica ni juergas nocturnas de festival, me encontraba en Nueva York con un frío bajo cero y hordas de visitantes esperando pacientemente para ver la obra del maestro nocturno y de salas contiguas desoladas con la exposición del mexicano Gabriel Orozco ¿Malinchismo? No. 
Las pasiones entre un artista y otro no pueden compararse. Ambos competían por la atención en los corazones de los visitantes y sólo uno podía ocuparlo. 
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