UN HOMBRE SERIO
 
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Escrito por Saúl Arellano Montoro   
Viernes, 12 de Febrero de 2010 00:55

 

¿UN HOMBRE SERIO DEBE CREER EN DIOS?
Por: Saúl Arellano Montoro

 

La vida del maestro de la cátedra de física Larry Gopnik en los años sesenta es buena hasta que, como todo en la vida, deja de serlo de golpe y sin aviso.

Su mujer decide abandonarlo, su hija adolescente entra al mundo de la trivialidad, su hijo – cuyo bar mitzva se acerca - entra al mundo de las drogas, su hermano mayor - divorciado - vive con el, uno de los alumnos de Larry lo intenta sobornar para no perder la beca y para colmo, esta en duda su ingreso al colegiado de la facultad de física donde da clases desde hace 10 años. Todo esto le sucede en menos de un mes.

La pregunta que Larry – y que todos los que son creyentes sin importar la religión que lleven se harían – se hace a si mismo es “¿Por qué me ha abandonado Dios?”.

Este es, para mí, el eje conductivo de la última película de los hermanos Coen. UN HOMBRE SERIO.

 

¡CON EL DOGMA HEMOS TOPADO!
Nadie mejor que los Coen para contarnos lo que entendemos para ellos fue vivir durante los años sesenta los conflictos y corrosivo humor involuntario de pertenecer a la comunidad judía en una ciudad promedio en cuyo microcosmos entran y salen los estereotipos más notorios de esa sociedad.

Desde luego que para los que no somos judíos, algunos criterios nos parecen incomprensibles pero he aquí que la manufactura cinematográfica de los Coen nos permite acercarnos de la misma forma de cómo ellos lo ven; es decir, ¡Incomprensible hasta para ellos que son judíos!

 

En la medida que Larry ve como su mundo estable se va derrumbando y que no tiene forma de detenerlo, empieza a buscar ayuda. En una conversación casual durante un día de descanso, Larry pregunta a una amiga psicóloga acerca de cómo enfrentarse a los enredos que ve venir pero ella lo resuelve con un “Pregúntale al Rabino Nachtner, así es como solucionamos las dudas ¿Verdad?”. Y a partir de este momento es cuando los conflictos internos de Larry se complican más debido a que en su cruzada personal por tratar de entender el por qué de sus desdichas, se topa con una serie de respuestas dogmáticas que le hacen tambalear sus creencias y su postura ante la sociedad y la vida misma.

NO TODO ES KOSHER EN LA MESA DEL SEÑOR
En la medida que la película va avanzando, a un ritmo lento debido a que no es necesario darle dinamismo – como en la anterior película de los Coen llamada “Quémese después de leerse” – ya que la historia no lo exige, vamos acercándonos a Larry y compartiendo sus frustraciones pero siempre con el animo de tratar de hacerlo reaccionar y pensar “Yo en su lugar haría esto o lo otro” e incluso de forma inconsciente reírnos de sus problemas en una forma de auto-expiación de culpas propias al sentirnos identificados en algún momento con la pesadumbre que parece no alejarse de Larry nunca.

Reímos por fuera lo que nos identifica dolorosamente con Larry por dentro.

 

Y desde luego, que también abordamos el asunto de cuestionarnos que tan real es la presencia de un Dios cuando tratamos de entender los “misteriosos caminos” de su proceder y el porque pareciera que no somos más que artífices de los juegos – crueles en muchas ocasiones – de un ser poderoso e intangible. Y que para colmo, los que se supone son los “representantes” de ese ser en la tierra tampoco son de ayuda para comprender los trazos en el lienzo de nuestra existencia ya que nos reducen al dogma de decir: “Esta en ti comprender los designios del Señor” y que al exigir una respuesta más concreta resulta que no hay tal y ni siquiera el más sabio de los rabinos de su comunidad le da una respuesta porque, simplemente, no quiere recibirlo en su oficina pese a casi ponerse de rodillas para ser atendido.

Y esto no aplica solo a la comunidad judía sino a todo aquel que es creyente y que en algún momento de su vida cuestiono y cuestiono hasta que, como Larry, dejo de hacerlo. Entonces la película de pronto nos da un giro hacia lo mundano y a manera de “revelación” las cosas – como en la vida real – se van acomodando de misteriosa forma porque, al final, Larry es un hombre comprometido dogmáticamente con la comunidad y, como reza el nombre de la película, es un hombre serio.

 

Y POR SI PENSABAS QUE ME HE OLVIDADO DE TI…
Larry Gopnik despierta en el espectador tanto una ternura sincera como una desesperación de la parsimonia con la que acepta su destino. Nos hace exigir a un ser supremo invisible “¡Ya basta, déjalo en paz!” como reclamarle al propio Larry “¿Por qué permites que te traten así?”. Y los Coen, concientes de que despiertan estos sentimientos en nosotros, nos dan la concesión de abrir la olla de presión que representa la vida de Larry y, como en la película de ellos mismos “El hombre que nunca estuvo”, nos dan un respiro… Un momento de felicidad a manera de recompensa por volver al camino del dogma reflejado en la realización de lo que más necesitaba Larry: Realizar el Bar Mitzva de su hijo y resolver de la mejor manera los conflictos en la Universidad.

Lo demás, por lo que entendemos, ira resolviéndose una vez que abandonemos y dejemos en paz como espectadores, la comunidad a la que pertenece renovado Larry.

Y en este momento, de nuevo viene el chispazo de genialidad de los Coen porque, antes de irnos para siempre de la vida de Larry con un dejo de tranquilidad; viene el recordatorio de que la vida puede ser – o si les acomoda pensar que Dios también – una grande y cruel broma.

Y de nueva cuenta, te ríes por fuera de lo que lloras por dentro cuando descubres que tú fuiste, eres o puedes ser en algún momento de la vida, un Larry Gopnik.

 

 

 
 




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